Un cuento de inmigrantes

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El mundo es una paradoja. Un niño se está muriendo en el mar, con todo el mundo mirando, incluido el gobierno de turno, y sin embargo, el mar le embargó la vida y el presidente no importó ni un céntimo para sanear la deuda. Una familia cavilaba en  mares y océanos, como en un cuento de piratas, siendo el loro una niña y el oro no morir. Estos cuentos de inmigrantes han cambiado.

Ya no se busca la riqueza ni mujeres exultantes ni cantos de sirena; simplemente se huye de la muerte. Otra fragata surcaba mares con 600 marinos al frente. Su mapa del tesoro se había extraviado, llegaron a puerto y el rey emérito les comunicó que allí ya no había oro, y que no lo volvería a haber jamás. Les pasó como a Colón, tuvieron que girar el timón, levar anclas y cambiar el rumbo. Un caballero de capa y espada se acababa de proclamar rey en un país vecino tras una ardua batalla con el veterano rey que en esas fronteras gobernaba. El nuevo rey les acogió en su reino ante la atónita mirada del pueblo, que clamaba vítores y abucheos a partes iguales.

“¿Y ahora qué, quién paga todo esto?” se preguntaban mercaderes y artesanos en la calle principal. Un joven campesino que cargaba con la verdura del día les contestó de manera audaz: “permítanme decirles señores que la vida no tiene precio”. A lo que un alegre trovador replicó: “bienaventuradas sean tus sentencias chico, pues rara vez eso que afirmas se cumple, ¿acaso no has de aportar tu jornal al terrateniente, no has de aportar el diezmo a la iglesia o, simplemente, no has de resguardar alguna moneda para catar el botijo repleto de vino?”. Ante un público claudicando al trovador, el joven campesino arremetió bravo: “No soy pazguato, garboso trovador. Pero ahora dígame, ¿qué haría usted si tuviera una daga en la garganta al salir de la calle? Y también querría saber qué haría usted si lo que queda de su familia son cachitos putrefactos carcomidos por los buitres. De paso, cuán importante sería que me dijera que es lo que haría si ante lo anterior viere que los reinos vecinos no ayudan, ya no con armas y cruzadas, sino con tinajas de agua y hogazas de pan”. El público meditó la respuesta del campesino, que el trovador replicó con menos fuerza que las veces anteriores: “Y razón no te falta muchacho, pero somos nosotros, el populacho, los que pagamos los destrozos de estos lejanos reinos”. A lo que el campesino contestó: “No peque de zoquete, trovador. Los destrozos los pagan los pueblos de los reinos lejanos. Las muertes diarias son allí, no aquí”. El ambiente se desangeló y trovador y campesino enmudecieron.

Fue días más tardes cuando una oleada de guerreros africanos asaltaron los muros fronterizos del reino por el sur.Algunos osaban llamarlos inmigrantes , otros asesinos sin piedad. La guardia real estaba en desventaja, pues el ataque fue despiadado con lanzamiento de rocas y cal viva. Los curanderos de la ciudadela no daban abasto, todos los guardias habían sido heridos y los guerreros habían perpetrado la frontera. Fue ahí cuando trovador y campesino se cruzaron de nuevo en el mercado, “¿qué hay de nuevo, joven campesino, cómo osas defender ahora a aquellos guerreros de tez oscura?” arremetió el trovador bajo la atenta mirada del público. “No tengo nada que defender, trovador. Los hechos son injustificables” reconoció el campesino. “Reconocerás entonces lo grave de la llegada de estas gentes. No se lo tome a mal, campesino, pero el reino no es un sitio para todos”.

“Lo grave no es la llegada de alejados caballeros que buscan no ser defenestrados vivos. Lo grave es la hipocresía de los grandes reinos, que exportan tabaco y cacao de tierras esclavas bajo condiciones infrahumanas. Entiendo su enfado, trovador, y el del resto de los viandantes, al igual que no justifico la actitud violenta de las disputas innecesarias en el sur, pero también creo que la solución no es mirar hacia otro lado cuando los terratenientes atizan con sus látigos…”

Cuenta la leyenda que la discusión se extendió por días e incluso meses, que los esclavos prosiguieron sus asaltos a diferentes reinos del norte para dejar atrás su vida en el sur, pese al sufrimiento que aquello les conllevaba. Sin embargo los grandes reinos no adoptaron nuevas soluciones, no concluyeron los latigazos y siguieron mirando hacia otro lado. Los grandes reyes lloraban las muertes de esclavos mediante mensajes multitudinarios. Como si sirviere de algo. Las personas inmigrantes siguen buscando su tesoro.

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