Yo ví jugar a Leo Messi

por

L

eo Messi es uno de los iconos del fútbol mundial. En los bares se debate su origen entre chatos y cañas, ¿este chiquito de dónde vino, de Rosario o de Andrómeda? Tras varias rondas más de uno especula con la segunda opción. Ayer volvió. Se calzó el guante en la bota izquierda, se ajustó la barba y como si fuera José Tomás en la última corrida en la Monumental de Barcelona, remató al Alavés con dos obras de arte.

Este pequeño genio es una reliquia de nuestros tiempos. Nuestros padres y abuelos siempre sentencian orgullosos que ellos vieron a jugadores como Hugo Sánchez, Cruyff o Maradona en los terrenos de juego. Hay quienes presumen de guardar una púa de un concierto de los Rolling, un disco de Sabina dedicado por él mismo o una viñeta de Forges. En mi baúl mantengo el recuerdo de un Atlético de Madrid – Barcelona de hace 11 años en el que ví a “la pulga” jugando en sus comienzos de la mano de Ronaldinho y Eto’o. Si en el futuro los recuerdos se monetizan (algo no muy descabellado) podría morirme rico de la bella experiencia que les voy a contar.

Era un 20 de mayo del año 2007, la liga estaba muy apretada entre el Barcelona y el Madrid. Ambos peleaban por el título en el tramo final de la temporada a base de partidos de infarto con remontadas escandalosas, goleadas abismales y bidones de agua helada como el tamudazo del Camp Nou. Unos días antes al partido me dieron una buena noticia: Un abonado de la peña atlética de Velilla de San Anotnio (pueblo en el que vivo) iba a prestarme su abono para poder ir a ver jugar al Barcelona en el ya antiguo Vicente Calderón. La noticia subió mi ilusión a sus picos máximos, ¡que honor poder ver a Messi, Eto’o, Ronaldinho o Andrés Iniesta entre otros! “pero no te fíes” me advertí a mí mismo, pues vas a verlos jugando de visitante, con lo que no sería conveniente celebrar en demasía los goles.

 

 

Ese punto me resulta especialmente gracioso porque por aquel entonces yo tenía 13 o 14 años, por lo que no creo que nadie se enojara en exceso conmigo por celebrar algún que otro gol. El día del partido íbamos Rafa, un abonado de la peña atlética, su hijo Dani, colchonero también y yo, culé hasta la médula pero sin ninguna camiseta o bufanda que me delatara. Partimos del pueblo 3 horas antes del partido para conseguir aparcamiento sin problema. Cuando Rafa arrancó el coche el Real Madrid iba empatando a dos contra el Recreativo de Huelva. Dani y yo íbamos haciendo nuestros cálculos en la parte trasera del vehículo. “Hombre, si hoy nos dejáis sacar los tres puntos…” le tentaba a Dani como si de él dependiera el resultado. Yo estaba hecho un manojo de nervios. El Madrid iba empatando pero era su etapa dorada en cuanto a remontadas épicas se refiere, pues en la jornada anterior remontó contra el Español ante un Bernabéu desatado de locura por la hazaña lograda. El Barcelona veía cada vez más difícil alcanzar el primer puesto liguero ante la defensa férrea de su competidor directo.  El partido del Calderón era un punto de inflexión. Prácticamente un todo o nada dónde la liga estaba en juego.

 

Por primera y última vez me adentré en el estadio de la mejor afición del mundo, o al menos eso reiteraban los transeúntes del lugar. Recuerdo que era un día gris, un poco lluvioso incluso, pero nada podía arrebatarme la ilusión de ver jugar al Barcelona. Comenzó el partido con el pitido inicial del árbitro y por el pinganillo me contaban que lo bueno había durado poco: Roberto Carlos marcó un tercer gol para el Real Madrid de Fabio Capello que dejaba la pelota en el tejado blaugrana. “Más nos vale correr” pensé yo.

La disputa empezó algo bronca. Los colchoneros no se andaban con chiquitas a la hora de entrar a por el balón y el colegiado no ponía excesiva determinación a la hora de penalizar las acciones. Cuando el panorama parecía oscurecerse por el juego y el clima, un rayo de luz con forma de brasileño dentudo y con coleta apareció al borde del área. Al palo. Una falta del gaucho casi entró desbaratando los planes de el equipo rojiblanco. Uno minutos después, tras varios despiestes defensivos, el astro argentino, por aquel entonces meteorito, marcaba gol arrojando oxígeno a los pulmones blaugranas. El partido siguió su transcurso y minutos más tarde el italiano Zambrotta se aprovechaba de un paseo por la vendimia del portero Pichu. El Calderón era un clamor contra el portero. Finalizaba la primera parte con un gol del camerunés Samuel Eto’o.

Mis palabras no expresaron ni un solo alarido de ilusión, más mis ojos me deltaban pues brillaban con la emoción de un niño que veía por primera vez jugar a su equipo. Y ganado a gusto, además. Sin embargo, el nerviosismo y la incredulidad se volvieron a apoderar de mí al escuchar el relato de un aficionado del atlético que rondaba próximo a nosotros: “no hay que tirar la toalla. Yo he visto un partido del atleti en el que íbamos perdiendo 0-3 al descanso y al final lo acabamos ganando 4-3… ¡Y fue contra el Barcelona!”. No me atreví a decir nada y simplemente pensé para mis adentros “Espero que hoy no pase igual. Al menos no tiene pinta”.

 

Estadio Vicente Calderón

 

Dio comienzo la segunda mitad. El Atlético de Madrid seguía sin reaccionar ante un Barcelona que se iba creciendo por cada minuto que pasaba. Tras unos minutos de la segunda parte, Ronaldinho marcaba el cuarto para la zaga culé, dejando tocado y prácticamente hundido al Atlético de Madrid. Un gol más de Leo Messi despertó los abucheos en la grada. La defensa era un cuadro y los colchoneros no aguantaban más. Dos chavales estaban delante nuestro debatiendo acerca del partido: “No corren, no hacen nada, ¡qué vergüenza!” comentaba uno. “El único que corre como pollo sin cabeza es Torres, vamos a arrancarnos con un cántico. A lo mejor se animan”. Tras un breve intento de inyectar moral al equipo, los dos jóvenes se sentaron viendo como caía la lluvia y los goles del rival. Llegó el último gol, de don Andrés Iniesta, que por aquel entonces jugaba de revulsivo. Ya no pude aguantar más. Canté el gol con todas mis fuerzas dejando que la ilusión y la emoción hablaran por sí solas. Llegó el pitido final y con él, 6 goles a favor, 3 puntos decisivos y un niño  que era el más feliz del mundo. Aquela noche me fue imposible conciliar el sueño.

En la actualidad esas actuaciones siguen siendo frecuentes en el Barcelona. Por suerte no es así en el Atlético, club al que le guardo un especial cariño, en buena medida por ese partido. La victoria sirvió de poco, pues algunas jornadas después, con la liga en bandeja de plata para el Barcelona, el mismo equipo que encajó 4 goles en el Bernabéu cayendo derrotado, derrocaría a Barcelona en el Camp Nou con el ya histórico “Tamudazo”. El segundo eterno rival del Barcelona se hizo cómplice del Real Madrid en la última jornada.

Pese a que no ganamos la liga, yo me llevé el recuerdo de ver al mejor jugador del mundo sobre un terreno de juego. 11 años después se ha convertido en el capitán del club de mis amores, dando la sensación de que todavía le queda fuelle para maravillar al mundo. En mi lista personal de cosas que hacer antes de morirrme ya he cumplido tres: viajar en avión, ver un concierto de los AC/DC y ver jugar a Leo Messi. Ahora me toca verle en casa.

 

 

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